lunes, 18 de noviembre de 2019

LAS CONSECUENCIAS DE LA PUGNA ENTRE LOS ALBIR Y LOS FRAGO

166. LAS CONSECUENCIAS DE LA PUGNA ENTRE LOS ALBIR Y LOS FRAGO
(SIGLO XIII. MAGALLÓN)

La pugna entre Juan Albir y Sancho Frago llevó la tragedia a Magallón, pues acabó con el asesinato del segundo. Los hijos de Sancho, buscando venganza, apuñalaron a Juan Albir en la ermita a pesar de hallarlo asido a la imagen de la virgen de la Huerta, que viendo profanado su templo, se hizo llevar por varios ángeles a un monte de Leciñena. Los de Magallón se sintieron abandonados por María en justa penitencia al sacrilegio de los Frago.
Una noche de marzo de 1283, un pastor, atraído por las luces que brillaban en un monte cercano, encontró la imagen de la Virgen, que le rogó comunicara a las gentes de Leciñena el deseo de que le construyeran una ermita y, aunque les costó creerle, acudieron al monte para rendirse a sus pies, levantando un magnífico templo. Se extendió la noticia y los de Magallón, sospechando que la aparecida pudiera ser su Virgen, acudieron al lugar y, tras verificar que se trataba de Nuestra Señora de la Huerta, solicitaron su devolución que fue denegada.

Los tribunales sentenciaron que la Virgen debía volver a Magallón y se preparó el retorno. Llegó la comitiva a Monzalbarba y depositaron la imagen para pasar la noche en el santuario de Nuestra Señora de la Sagrada, pero a la mañana siguiente, burlando todas las guardas, la imagen había desaparecido para volver a Leciñena.

Días después, volvió a producirse la misma aventura, pero entonces hicieron noche en Zaragoza y depositaron la imagen en el santuario de la virgen del Portillo, aunque de nuevo, a la mañana siguiente, ésta había regresado a los montes de Leciñena, a pesar de la guardia dispuesta.

Por tercera vez se repitió la operación, aunque ahora el vicario general, sorprendido como todos los demás, acordó que si volvía a desaparecer de nuevo la imagen ésta quedaría para siempre en la ermita de Leciñena. Hizo la comitiva de nuevo etapa en Zaragoza, poniendo a buen recaudo la talla en el santuario de Nuestra Señora la Mayor, y por tercera vez se produjo la huida.

La imagen quedó para siempre en Leciñena, aunque se acordó ponerle por nombre el de Nuestra Señora de Magallón, en recuerdo de su origen.

[Andrés de Uztarroz, F., Chronología..., págs. 53-55. Faci, Roque A., Aragón..., II, págs. 84-86.]

LAS CONSECUENCIAS DE LA PUGNA ENTRE LOS ALBIR Y LOS FRAGO  (SIGLO XIII. MAGALLÓN)



El templo, barroco, cubierto con bóveda de cañón con lunetos y tres capillas laterales en cada flanco aparece ocultado por sus flancos meridional y oriental por la edificación de carácter civil que le dan una aspecto singular. La fachada de mediodía, por la que se realiza el acceso, es la más formalizada, con un arco escarzano, con derrame y escudo en la clave como portada. El resto de los vanos son huecos verticales, adintelados y con gran derrame, presentando una composición muy formalizada. De la portada se accede a un atrio que comunica con la iglesia mediante tres arcos rebajados y con la escalera principal que presenta bóveda de cañón, con perfil escarzano. La fachada oriental, a pesar de la profusión de huecos, es muy irregular en cuanto a su composición ya que está fragmentada por cuatro contrafuertes.

LAS PRIMERAS ARMAS DE JAIME I


3.4. LAS PUGNAS FAMILIARES

165. LAS PRIMERAS ARMAS DE JAIME I(SIGLO XIII. ALCORISA)

LAS PRIMERAS ARMAS DE JAIME I


Pelegrín de Atrocillo, influyente noble de la corte del rey Jaime I el Conquistador, acababa de casarse con la joven Sancha López, hija de don Lope de Albero, que era señor de la villa de Alcorisa en nombre y representación de la orden calatrava. Don Pelegrín, con motivo de la boda, recibió de su suegro, además de otros bienes menores, la citada villa, que, según estipularon entre ambos, devolvería a don Lope si Sancha moría sin sucesión. Reinó el sosiego y la concordia en el seno de ambas familias, hasta que un suceso extraordinario vino a perturbarlos.

Corría más o menos el año 1220 cuando don Lope fue atacado vil y súbitamente en su castillo de Albero Alto, en la actual provincia de Huesca, por Rodrigo de Lizana, que le hizo su prisionero, a la vez que vejaba a los habitantes cristianos y moros de la villa.

LAS PRIMERAS ARMAS DE JAIME I (SIGLO XIII. ALCORISA)

Pelegrín de Atrocillo, apoyado por su hermano Gil, se desplazó rápidamente a la ciudad de Zaragoza para tratar de defender a su suegro ante el propio rey Jaime I, que apenas contaba entonces doce años de edad. Ante la narración de lo sucedido y enojado por ello, el joven monarca no sólo facultó a Pelegrín de Atrocillo para oponerse con las armas a Rodrigo de Lizana, sino que él mismo, sin dilación de tiempo, se vistió la armadura y empuñó la espada por vez primera, poniéndose al frente de la hueste organizada contra aquél, de modo que sus primeras armas en batalla las hizo y las veló en el asedio y posterior toma del importante castillo de Albero Alto, que acabó rindiéndose a las tropas del rey dos días después.

Tras apoderarse del castillo de Albero y todavía con el joven monarca a la cabeza, prosiguió luego la hueste hasta alcanzar los muros del pueblo de Lizana, feudo de don Rodrigo, donde entraron tras abrir brecha en ellos y rescataron del forzado cautiverio a don Lope de Albero.

El gesto de Jaime I puso desde entonces a los Albero y Atrocillo de manera incondicional a su favor por el resto de sus días, encontrando en ambas familias un apoyo leal y constante.

[Pallarés, Matías, «Don Pelegrín deAtrocillo...», en BHGBA, I-II (1908), 20-22.]

EL TROVADOR QUE MURIÓ DE AMOR


164. EL TROVADOR QUE MURIÓ DE AMOR (SIGLO ¿XV? BARBASTRO)

EL TROVADOR QUE MURIÓ DE AMOR (SIGLO ¿XV? BARBASTRO)


Cuenta la leyenda la triste historia de un joven y buen trovador que recorría las tierras del reino de Aragón tañendo el laúd y la viola e interpretando las canciones que el mismo componía. Al terminar cada actuación, era normal que todos los asistentes intentaran gratificar su trabajo con dinero, joyas e incluso animales, mas el trovador rechazaba siempre los bienes materiales que gustosos le ofrecían, pues prefería la amistad y el simple reconocimiento de su arte. Cuando entendía haber logrado ese reconocimiento, era el momento de ir en busca de nuevos horizontes.
Un buen día que iba de camino de un pueblo a otro por el Somontano, entre olivares y almendros, halló a un montero responsable de una jauría que cazaba venados. Estaba éste haciendo un alto en la cacería para dar respiro a los perros cansados y ambos entablaron amistosa y animada conversación al amor reconfortante de un trago de vino.
El trovador, agradecido por la conversación, preguntó al cazador a qué casa o familia servía. La respondió el montero que al señor conde de Entenza, llamado don Fernando, un buen amo. Aquella contestación gustó al trovador que manifestó estar dispuesto a cantar para señor tan querido, así es que le pidió al montero que avisara al conde de que le encontraría en Barbastro si quería que le amenizara alguna velada en familia.

Poco tiempo pasó cuando, siguiendo los acordes del laúd, el montero, que había cumplido el encargo, dio con el trovador que estaba componiendo una nueva balada a la orilla del Vero. Su amo le esperaba, le dijo.
Reunido se halla ya el grupo de la familia condal, sentados todos junto a pendones y banderas y rodeados de damas y garzones, para escuchar al trovador; entre todos destaca, sin duda, la bella condesita Maribel. Tras sus cantares, el trovador vagabundo deja su viola y extiende su mano a todos para recibir su reconocimiento. Doblas de plata le entrega la condesa, pero él las rechaza y, mirando a la condesita, de su belleza queda prendado. Entonces Maribel se levanta y, recogiendo su velo, ofrece al joven trovador un beso en la frente. Nunca obtuvo el trovador mejor premio. Y dicen las crónicas del vulgo que a las pocas horas el trovador moría de amor.

[El Juglar del Arrabal, «Leyenda del trovador», El Cruzado Aragonés, 50.]