domingo, 24 de noviembre de 2019

LOS ROSALES DEL AMOR, Blecua


187. LOS ROSALES DEL AMOR (SIGLO XV. BLECUA)

Dos familias de Blecua, consideradas ambas ricas por todos, concertaron el casamiento de sus primogénitos cuando éstos todavía eran unos niños. Pretendían poner así los cimientos de una nueva casa que fuera la más poderosa de la comarca.

LOS ROSALES DEL AMOR (SIGLO XV. BLECUA)


Transcurrió el tiempo y la realidad se impuso. Los prometidos crecieron como simples amigos, pero no sentían el amor necesario. Además, el destino quiso que en la vida de la muchacha entrara de lleno un joven, apuesto y buena persona, pero sin hacienda ni bienes, y el amor prendió en ambos, a sabiendas de que nunca sería aprobado por la familia de ella. No estando dispuestos a renunciar a sus sentimientos, decidieron verse en secreto, en un lugar recóndito del río, al resguardo de los álamos.

Cuando los padres de la muchacha se enteraron por un vecino, como no podía dejar de suceder, de que los jóvenes se veían a escondidas a altas horas de la noche, decidieron cerciorarse personalmente de ello. La siguieron hasta el recodo del río y pronto vieron a la pareja conversar y acariciarse amorosamente. No había duda e idearon la manera de poner fin a aquella situación.

A la mañana siguiente, no sólo reconvinieron a su hija, sino que le anunciaron el adelanto de la boda convenida tanto tiempo atrás. A pesar de la resistencia de la muchacha, el enlace se celebró, sin tener en cuenta los sentimientos. Aquel era un matrimonio de conveniencia.

Lo cierto es que la joven siguió viéndose con el joven al que amaba. Como su marido se enterara, cegado por la ira y por los celos, no sólo acabó con la vida de ambos en una noche sin luna ni estrellas, sino que, para que todo el mundo se enterara del agravio sufrido cavó sendas tumbas en la tierra y los enterró juntos.

Pasó el tiempo. Poco a poco, la vida en el pueblo pareció volver a la normalidad, aunque pronto vieron que surgían y enraizaban dos rosales, uno sobre cada tumba, que enlazaron sus ramas para crecer juntos y, por más que los cortaban, volvían a crecer y a unirse...

[Datos aportados por Ascensión Lardiés, Begoña Larrosa y Pilar Salas. Colegio
«S. Vicente de Paúl». Barbastro.]

JUAN MIGUEL, SOLDADO DE JUAN II


186. JUAN MIGUEL, SOLDADO DE JUAN II (SIGLO XV. ACUMUER)



En la aldea de Acumuer, hace de esto muchos siglos, una joven muchacha llamada Martina, que era pastora, buscando los jugosos pastos de los altos puertos, pasaba todos los veranos en la montaña cuidando con su inseparable perro un rebaño de cabras. Hija de una de las casas más antiguas y pudientes de todo aquel bonito valle era, no cabe la menor duda, bonita y trabajadora, pero Martina tenía, por decirlo así, un defecto: en cuanto se quedaba dormida no había quien la pudiera despertar.

La zagala estaba locamente enamorada de un joven y buen mozo que se llamaba Juan Miguel y que vivía en los puertos de Tena. Todos los días del verano, madrugaba con el alba el muchacho e iba presuroso hasta el lugar del monte donde se hallaba Martina con sus cabras y la despertaba cantando. Luego, tras pasar un buen rato juntos, volvía cada uno a su respectivo trabajo pensando en el momento de volver a encontrarse con el nuevo amanecer.

Pero una tarde, estando el rey Juan II de Aragón en guerra con el de Navarra, Juan Miguel se vio obligado que marchar como soldado sin poder decirle nada ni despedirse de su querida pastora.

Transcurrió aquella noche como cualquiera otra noche, pero por la mañana Martina no se despertó y continuó durmiendo así días y días esperando las canciones de Juan Miguel, que, mientras tanto, perdía la vida luchando cerca de Sangüesa.

Cansada ya de dormir, Martina se convirtió en piedra y allí se quedó para siempre, en lo alto del puerto, sin que sus familiares supieran nunca más nada de ella. Sin embargo, algunos tensinos descubrieron que desde entonces los montes que se recortan en el horizonte, cuando el sol se pone y ellos miran desde su valle, dibujan con sus picos la figura de una mujer, que parece permanecer siempre allí como dormida porque el zagal que la despertaba cada mañana no volvió de la guerra que un rey mantuvo contra otro rey.

[Mur, Ricardo, «Istoria de ra muller dormita...», Fuellas d’informazión d’o Consello d’a Fabla Aragonesa, 80 (1990), 16.]


LA GUARDIA DEL CASTILLO DE LA FRESNEDA

185. LA GUARDIA DEL CASTILLO DE LA FRESNEDA (SIGLO XIV-XV. LA FRESNEDA)

LA GUARDIA DEL CASTILLO DE LA FRESNEDA (SIGLO XIV-XV. LA FRESNEDA)


El alcaide del castillo de La Fresneda se vanagloriaba de tener la fortaleza mejor custodiada existente, extremando las medidas de seguridad hasta límites inimaginables. Una de las muchas precauciones adoptadas consistía en que cada centinela nocturno debía llevar una antorcha encendida mientras vigilaba o hacía su ronda, con lo cual trataba de disuadir a cualquier enemigo, pues el castillo era un ir y venir constante de luces y resplandores.

Por otro lado, presumía el alcaide de contar entre sus hombres con el mejor y más certero arquero no sólo del reino sino de toda la Corona de Aragón, habilidad que había demostrado en cuantas ocasiones se le puso a prueba en pugna con otros afamados arqueros. Lo cierto es que desde cualquier parte del castillo podía dirigir y clavar sus flechas en el lugar preciso sin posibilidad alguna de error.

Era tarea obligada del arquero apagar cada noche con sus flechas las antorchas de todos y cada uno de los vigías, disparando su arco desde lo alto de la torre del homenaje.

No obstante, una noche, un vigía que tenía cita convenida con su amada abandonó su puesto y, por lo tanto, su antorcha estaba apagada, justamente la noche en la que la hija del castellán, que estaba enamorada secretamente del guardián ausente, fue a buscarle a su puesto para declararle su amor y, naturalmente, no lo encontró, decidiendo esperarle pensando que tendría razones para el abandono.

Dejó a su amante en las cercanías y regresó el desertor presuroso al lugar de su vela, con el tiempo justo para ocupar su puesto y encender nerviosa y precipitadamente su antorcha, momento en que descubrió junto a él a la hija del castellán que le estaba esperando. No tuvo tiempo de reaccionar y el presagio que relampagueó en su mente se cumplió.

En efecto, la flecha que había de apagar su antorcha recién encendida volaba ya rauda por el aire y fue a clavarse en el corazón de la muchacha. Hay quien dice que no fue fallo del arquero, el único que se le recuerda, sino que acertó a disparar a lo que más brillaba, el corazón encendido por el amor de la hija del alcaide.

[Yanguas Hernández, Salustiano, Cuentos y relatos aragoneses, págs. 108-110.]