Mostrando entradas con la etiqueta Torres. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Torres. Mostrar todas las entradas

martes, 24 de enero de 2023

XXXVI. Confirmatio concessionis factae A. de Verneto, Decano Illerdensi edificanti quamdam cappellam in honorem S. Annae, an. MCCLXXXI.

XXXVI.

Confirmatio concessionis factae A. de Verneto, Decano Illerdensi edificanti quamdam cappellam in honorem S. Annae, an. MCCLXXXI. (1281) (Vid. pág. 149.)

Noverint universi quod nos Guillermus Dei gratia Illerdensis Episcopus cum hoc praesenti instrumento laudamus, approbamus ac etiam confirmamus ordinationem factam in capitulo proximo preterito in ecclesia Sedis Illerdensis in festo Sanctae Mariae mensis augusti celebrato, de illa capella quae in eadem ecclesia Illerdensi post altare Beatae Mariae ad honorem Sanctae Annae et sub eius in vocatione per venerabilem et dilectum nostrum A. de Verneto, Dechanum Illerdensem constructa est ex concessione venerabilis G. de Montechateno Archidiaconi et Capituli Illerdensis gerentis vices nostras in capitulo memorato. Ratum habentes et firmum quicquid super constructione et hedifficatione praedictae capellae per predictos Archidiaconum et Capitulum in memorato capitulo actum est, seu etiam ordinatum. In cuius rei testimonium presens instrumentum per manum Bernardi de Talarno, Rectoris ecclesiae de Turribus et notarii nostri scribi fecimus et sigilli nostri appensione muniri. Quod est actum idus september anno Domini M.CC.LXXX. primo, et presentibus P. de Barbarano, canonico Ilerdensi, et G. de Perticacio (Pertegaz), Priore Fragensi (fragatí, de Fraga), cum supraposito in IIII. linea ubi dicitur et capituli, et in quinta linea ubi dicitur et capitulum.

Ego Bernardus de Talarno, Rector ecclesiae de Turribus, et notarius Domini Episcopi supra dicti de mandato ipsius hoc scripsi et sigillavi, et hoc sig+num feci.

domingo, 12 de julio de 2020

CAPÍTULO XXIX. monte Santo de Granada

CAPÍTULO XXIX.

Descúbrense en el monte Santo de Granada las reliquias y libros de san Tesifonte y de otros santos discípulos del apóstol Santiago.

El principio a esta santa invención lo dio Sebastián López, natural de la villa de Torres, en el obispado de Jaén. Buscaba este buen hombre un tesoro, y tenía noticia que, cuando se perdió España, en el reino de Granada, en un cerro pelado que tenía piedras azules, se cerró una mina de oro, y que había dentro de ella muchos aposentos, y tenía la boca a la parte de poniente. Jamás se supo quien dio a este hombre esta noticia o receta; e hizo todo lo posible para hallar lo que buscaba, sin dejar cerro alguno que no andase ni mirase buscando piedras azules, que era el primer señal que en el cerro había de hallar. Con esta ansia llegó a Granada, y dióse a buscar su mina por los cerros más cercanos a la ciudad. Antes de proseguir este suceso, es de advertir que en el lugar donde está fabricada la iglesia catedral de Granada, para proseguir aquel suntuoso edificio fue necesario derribar una torre antigua: llegando ya a la mitad de ella, un viernes a 18 de marzo, víspera de san José, 1588, con la tierra cayó en el suelo una caja de plomo, no muy grande, pero bien cerrada; acudieron a ella los oficiales, alegando cada uno el derecho que a la caja tenía, pensando que era algún tesoro; llevaron al fin la caja al arzobispo de aquella ciudad, que era don Juan Méndez; abriéronla y hallaron dentro un hueso y un pergamino escrito, parte en lengua y letra castellana, y lo más en lengua y letra arábiga, y es una profecía de san Juan Evangelista, una relación árabe, en que refiere san Cecilio, primer obispo de Granada, un viaje que hizo a la ciudad de Atenas, donde dice que hubo de san Dionisio Areopagita esta profecía, medio paño de aquel con que la Virgen nuestra señora se enjugó las lágrimas en la pasión de su hijo, nuestro señor, y un hueso de san Estévan, primer mártir. Está la profecía en letra y lengua castellana, como la hablamos el día de hoy: son las letras coloradas y negras, puestas cada una alternativamente en unas casillas como de ajedrez, duplicando algunas y poniendo en medio otras letras griegas, y al fin de todo está el evangelio de san Juan como el que oímos al fin de la misa, y una firma al cabo, ni bien latina, ni del todo arábiga, pero entiéndese que dice Cecilio, obispo de Granada; y después de todo esto, está una memoria que declara todo lo que queda dicho, y dice de esta manera:
RELATIO PATRICII SACERDOTIS.
Servus Dei Cecilius, Episcopus Granatensis, cum in Iberia esset, et cum videret dierum suorum finem, occulte mihi dixit, se habere pro certo suum martirium appropinquare, et utpote ille qui in die amabat, thesaurum suorum reliquiarum mihi commendavit, et me admonuit ut occulte haberem et in loco locarem, ubi in potentiam maurorum nunquam veniret, affirmans esse thesaurum salutis, atque scientiae certae, et plurimum laborasse et iter *fecime terra marique, et debere esse in occulto loco donec Deus vellet illud manifestare; et ego melius quam intellexi in loco clausi ubi jacet, Deum rogans ut eum observet.
Et reliquiae quaq hic jacent sunt: Prophetia divi Joannis Evangelistae circa finem mundi; medius pannus quo Virgo Maria abstersit ab occulis lacrimas in passione sui Filii sacrati; os divi Stephani primi martiris. (san Esteban, Esteve, Estévan, Stephano, Stephanus, etc ...)
Deo gratias.

El dicho arzobispo recogió todo esto y lo veneró como reliquias: murió aquel prelado, y se quedó de esta manera; y el sucesor, que fue don Pedro de Castro y Quiñones, no trató de ello, hasta que le obligó la correspondencia de lo que se halló en el monte buscando el tesoro.
Continuaba, pues, Sebastián López en visitar los cerros vecinos de la ciudad de Granada, que no son pocos: día de Todos Santos del año 1594 subió al cerro que llamaban
Val-Paraíso y hoy Monte Santo, y allá halló una piedra que le pareció que tenía oro, y margarita la llaman los afinadores. De esta piedra tomó motivo para cavar, y lo continuó por algunos días, y descubrió tres bocas de cuevas que mostraban serlo, en que la tierra con que estaban llenas era movediza y puesta a mano: buscó ayuda, porque solo no podía continuar la empresa, y porque se iban descubriendo diversos caminos y ramos en aquella cueva, y en uno de ellos, en el mes de marzo del año 1595, hallaron una lámina de plomo con algunos renglones, escrita con letras extraordinarias e inusitadas, nunca vistas ni leídas en inscripciones ni monedas antiguas. Buscaron quien la leyese, y no hallaron nadie hasta que la llevaron al colegio de la Compañía de Jesús, y un padre de ella la leyó y halló que decía: Corpus ustum divi Mesitonis, martiris. Passus est sub Neronis imperatoris potentatu. Fueron continuando en cavar aquellas cavernas, y en diferentes días hallaron otras láminas de la misma letra latina y ortografía, y en todas tres estaban dobladas las letras hacia dentro, como que las hubiesen doblado para así mejor guardar y conservar las letras. Decía, pues, la una de estas dos últimas láminas de esta manera:
Anno secundo Neronis imperii, Marcii kalendis, passus fuit martirium in hoc Illipulitano, electus ad hunc effectum, sanctus Hischius, apostoli Jacobi discipulus, cum suis discipulis Turilo, Panuncio, Maronio, Centulio, per medium ignem, in quo vivi ambusti fuerunt; aeternam vitam transivere; ut lapides in calcem conversi fuerunt; quorum pulveres in hujus sacri montis cavernis jacent, qui, ut ratio postulat, in eorum memoriam veneretur.
La otra lámina decía.
Anno secundo Neronis imperii, kalendis aprilis, passus est matirium in hoc Illipulita....us Ctesiphon, dictus, priusquam converteretur, Abenatar, divi Jacobi apostoli discipulus, vir litteris et sanctitate praeditus, qui plumbi tabulis scripsit librum illum, Fundamentum Ecllesiae apellatum; et simul passi sunt sui discipuli divus Maximinus et Luparius, quorum pulvis et libri sunt cum pulveribus divorum martirum in hujus sacri mont … cavernis. In eorum memoriam venerentur.

Prosiguióse en abrir y vaciar las dichas cavernas, como dicho, y hallaron en una de ellas, como mazmorra, entre cenizas, tierra y carbones, una cabeza o calavera de hombre, y una pierna y pie y otros huesos, y muchos de ellos medio quemados; y la mazmorra también quemada y abrasadas las paredes, que parece claramente que el fuego se hizo allá dentro y fueron quemados allí. Fueron cavando más adelante y vaciando la tierra, y descubrieron otra caverna hecha a mano como horno, y estaba también quemada y abrasada, y rajadas las piedras, paredes y el techo como si hubiera habido calera allí con poderoso fuego, y allí hallaron muchas cenizas, carbones y pedazos como de cal, y una masa blanca muy liviana, tiznada y mezclada con carbones, que tendría de bulto como dos fanegas, la cual, examinada por oficiales, son huesos quemados, mezclados con cenizas y piedras que se quemaron entonces; y esto parece que corresponde a la lámina de san Hisquio, donde dice que él y sus cuatro discípulos fueron quemados vivos, y vueltos en cal como piedras.
A 22 de abril del mismo año 1595, se halló el libro que dice la una lámina: está metido en una caja o cubierta de plomo; en el suelo de ella, por la parte de dentro, tiene escrito de la misma letra antigua este letrero.
LIBER FUNDAMENTI ECCLESIAE SALOMONIS CARACTERIBUS SCRIPTUS.
A 25 del dicho mes y año se halló en otra caverna otro libro, escrito en tablas de plomo, metido en una caja o cubierta de plomo: y en esta cubierta, por la parte de dentro, en el suelo de ella, está escrito, con la misma forma de letras y caracteres que las dichas láminas, esto:
Liber De Essentia Dei, quem Divus Cthesipon, apostoli Jacobi discipulus, in sua naturali lingua arabica, Salomonis caracteribus scripsit; et alius, Fundamentum Ecllesiae appellatus, qui in hujus sacri cavernis montis jacet. Deus * Nerone Imperatore hos duos liberet libros. Imposuit finem hic mr. suis operibus, scribens miracula et vitae …. itatem sui magistri …. vi in hujus sacri montis ca.... est....
Lo que falta no se puede leer, por estar muy gastadas las letras. Además de esto, cavando en las cavernas de dicho monte, se hallaron otros diez y seis o diez y siete libros en hojas de plomo y en lengua árabe, y uno de ellos no se entiende en qué letras está; y en uno de ellos se halla como san Tesifonte y Cecilio eran hermanos, naturales de Arabia, y, como tengo ya dicho, el uno había nacido ciego, y mudo el otro (no me grites que no te veo!), y que Cristo nuestro señor les había dado la vista y habla y les encomendó al apóstol Santiago, y así, por ser árabes, escribieron aquellos libros en arábigo.
Esto es lo que pasó en la invencion de las reliquias de san Tesifontey sus compañeros: las diligencias y averiguaciones que se hicieron sobre la verdad de ellas, y las dificultades que se ofrecieron a algunos, refieren el doctor Gregorio López de Madera en sus discursos que hace de la certidumbre de estas reliquias, y don Castellá Mauro Ferrer en su historia del apóstol Santiago. Y así, las dejo, y solo traigo en él capítulo siguiente la sentencia que dio sobre esto el arzobispo de Granada, con que se quita y da solución a las dificultades que pueden ofrecerse sobre esta dichosa invencion.

viernes, 19 de abril de 2019

DEL ORIGEN Y FORMACIÓN DE LA LENGUA CASTELLANA

LIBRO PRIMERO (de la biblioteca histórica filología castellana )

DEL ORIGEN Y FORMACIÓN DE LA LENGUA CASTELLANA

1540.

1. Diálogo de la lengua por Juan de Valdés. Dos códices se conocen de esta preciosa obra. Uno se halla en la Biblioteca Nacional de Madrid: lleva la signatura X-236; consta de 96 hojas útiles; es copia de otras copias, y además le faltan dos hojas, la 79 y la 83. El otro lo guarda el Museo Británico de Londres, y es la copia que mandó sacar Mayans para publicarla en los Orígenes de la lengua española.

Se han hecho las impresiones siguientes:

I. Diálogo de las lenguas Marcio, Valdés, Coriolano, Torres.

Publicado por D. Gregorio Mayans y Siscar en el tomo II de sus Orígenes de la lengua española: Madrid. 1737, en 12:, págs. 1-178 del tomo II.

Mayans en el tomo I de dicha obra, páginas 179 y 180, escribe lo siguiente:

La Copia de este Diálogo que me ha servido de original, en su impresión, es la misma que tuvo el más diligente i más curioso de quantos Historiadores ha tenido España hasta el día de hoi, Gerónimo Zurita; de la qual copia hizo mención el Dotor Juan Francisco Andrés de Ustarroz en los Progresos de la Historia del Reino de Aragón, que añadió i publicó el Dotor Diego Josef Dormer, Arcediano de Sobrarve, en el cap. IV, donde se trata de Los Vestigios de la Librería Manuscrita de Gerónimo Zurita, núm. 27, cuyas palabras son estas:
Diálogo de las Lenguas. Es obra mui curiosa y digna de la estampa por ofrecerse en ella muchas Reglas para hablar con perfección la Lengua Española. Escriviose en tiempo del Emperador Carlos V, i guarda este Manuscrito el Conde de San Clemente.
Después fué a parar en la Librería de un Librero de Zaragoza con otros Libros manuscritos mui preciosos, los quales compró el Bibliothecario Mayor del Rei nuestro Señor en el mes de Marzo de este presente Año 1736. En este manuscrito faltaba una hoja, que con ninguna diligencia he podido suplir; porque aunque de paso vi en la Real Librería de San Lorenzo una copia deste Diálogo, provablemente es un traslado de ésta, como lo indica el carácter de la letra mucho más moderno i el faltarle lo mismo, y además de esso la primera hoja. Acudí a los Índices, i en ellos no pude rastrear indicio alguno del nombre del Autor.

Según se ve, d. Gregorio se valió del ms. de la Biblioteca Nacional, al que no le faltaba entonces más que la hoja 83.

2. Diálogo de la lengua (tenido
ázia el A. 1533) i publicado por primera vez el año de 1737. Ahora reimpreso conforme al MS. de la Biblioteca Nazional, único que el Editor conoze. Por Apéndice va una carta de A. Valdés. ... Madrid: Año de 1860. Imprenta de J. Martín Alegría. Paseo del Obelisco, número 2 (Chamberí). 8.°, LIII, 205, 71 págs.

Forma parte de la Colección de reformistas españoles de D. Luis Usoz y Río, quien ilustró el Diálogo con una introducción y 1.084 notas sobre variantes relativas a la edición de Mayans principalmente.
Esta edición de Usoz es correctísima. Cuando la hizo, ya le faltaba al ms. de la Biblioteca Nacional, además de la hoja 83, la 79.

Pone como interlocutores a Martio, Valdes, Coriolano, Pacheco, Torres, aunque considera a estos dos últimos como uno mismo.

3. Diálogo de la lengua escrito por Juan de Valdés hacia el año 1533 en Nápoles (reimpreso, Madrid 1860) Marcio, Valdés, Coriolano, Pacheco.

Es una reimpresión de las 16 primeras páginas de la edición de Usoz. La hizo el año 1865
en Halle (Druck der Waisenhaus-Buchdruckerei) el profesor de lenguas romances de la Universidad de Estrasburgo, Eduardo Boehmer, para enseñar a leer el castellano a sus discípulos. Consta de 8 páginas a dos columnas; cuatro de aquéllas contienen observaciones gramaticales.

4. Diálogo de las lenguas.

En la edición de los Orígenes de Mayans hecha por la Sociedad La Amistad Librera,
con un prólogo escrito por D. Juan Eugenio Hartzenbusch y notas por D. Eduardo de Mier
(Imprenta de Rivadeneyra), año 1873, se pone el Diálogo de Valdés al comienzo (págs. 1-148), sin mencionar para nada la correcta edición de Usoz.

El Diálogo de la lengua, como se colige de las indicaciones bibliográficas que preceden, permaneció desconocido e inédito por espacio de dos siglos, y el nombre de su verdadero autor no ha sonado hasta el presente, Al generoso valentino, D. Gregorio Mayans, corresponde la honra de haberlo publicado, si bien como anónimo, según el único manuscrito conocido que, procedente de la librería del cronista Zurita, existía en la Biblioteca Real, donde todavía está, según queda dicho, en el fondo de manuscritos; y al erudito D. Diego Clemencín el haber afirmado, en su Comentario al Quijote, que la obra era de Juan de Valdés, pues si bien D. Casiano Pellicer dijo que la escribió un Valdés, asienta que es Alonso, en su Tratado histórico sobre el origen y progresos de la
come ii y del histrionismo en España, impreso el año 1804. Hoy no cabe vacilación de ninguna especie sobre cuál es el verdadero autor de esta obra, después de los eruditísimos trabajos de los Sres. Don Pedro José Pidal, D. Luis Usoz y Río, Benjamín B. Wiffen, Edward Boehmer, D. Fermín Caballero y D. Marcelino Menéndez y Pelayo, quienes con documentos y citas históricas o con razones filológicas han dilucidado este punto de una manera incontestable.

Pero Mayans, si mereció bien de las letras por la publicación que llevó a cabo, mereció al par censura por la edición incorrecta y mendaz que hizo de él, autorizándola con su nombre aquél que había dado feliz y brillante término a empresas que exigían mayor empeño.

I. Artículo del Sr. Pidal, intitulado De Juan de Valdés, y de si es el autor del Diálogo de las lenguas, en la Revista hispano-americana, periódico quincenal, publicado bajo la dirección de D. J. J. de Mora y de D. P. de Madrazo, Tomo I, Madrid, imprenta a cargo de M. Rivadeneyra, 1848. Págs, 18-30.

Usoz, en el prólogo de su edición del Diálogo de la lengua y en los de los tomos IV, IX, X, XI, XV, XVI y XVII de sus Reformistas antiguos españoles.


Life and writings of Juan de Valdés, otherwise Valdesio, Spanish Reformer in the sixteenth century ... London. Bernard Quaritch, 1865.

Cenni biographici sui fratelli Giovanni e Alfonso di Valdesso. 1861 (por Boehmer).

Biblioteca Wiffeniana. Spanish Reformers of two centuries from 1520... By Edward Boehmer... First vol... 1874. Printed in Francke´s Orphanhouse, Halle o/s (págs. 64-130). El segundo vol. fué impreso el año 1883 en la misma ciudad y oficina. Ambos en 4.°

Conquenses ilustres por D. Fermín Caballero. Tomo IV. Alonso y Juan de Valdés. Madrid. Oficina tipográfica del Hospicio, 1875. Págs. 245-263.

Historia de los heterodoxos españoles, por el Doctor D. Marcelino Menéndez y Pelayo... Tomo II. (Colofón:) Acabóse de imprimir en Madrid por F.Maroto e hijos, X Diciembre de MDCCCLXXX. 4.° cap. IV, págs. 149-207.

Ya el título de Diálogo de las lenguas que puso es inconveniente,
supuesto que en él no se trata más que de la castellana; y las frecuentes alteraciones que se ven, y las palabras mal leídas, equivocadas o modernizadas a su antojo, como hablista en vez de hablistan o hablador, ausencia por absencia, principalmente en ésta por especialmente á ésta, empañan la veracidad del original. Por lo cual no es explicable cómo recientemente, en el año de 1873, una persona de reconocida ilustración, el Sr. D. Eduardo de Mier, y un escritor ilustre, así en el arte de Lope y Calderón, como en todo género de estudios filológicos y literarios, el Sr. D. Juan Eugenio Hartzenbusch, hayan autorizado con sus firmas una reimpresión a la letra del Diálogo publicado por Mayans, desde el título inclusive, sin que en el prólogo del segundo de dichos señores, ni en las notas del primero, se haga mención alguna del manuscrito de Zurita, de la copia que sacó d. Gregorio, y que está hoy con muchos de sus papeles, en el Museo Británico, ni de la correctísima edición hecha el año de 1860 por Usoz, quien prestó a las letras castellanas, aunque sus designios fueron de propaganda herética, un señalado servicio con tan preciosa, correcta e ilustrada edición del Diálogo de la lengua, que es en ella su título acertadísimo.

Erró, no obstante, Usoz al decir que esta obra fué compuesta hacia el año 1533; yerro que repitieron Wiffen y Boehmer, pues dado que en ella se habla de los cuatro libros del Cortesano, compuesto en italiano por el Conde Baltasar de Castellón, y agora nuevamente traducido en lengua castellana, y se hace referencia de Garcilaso como de persona viva al decirse: Huélgome que os satisfaga; pero más quisiera satisfacer a Garcilaso de la Vega, con otros dos caballeros de la Corte del Emperador, que yo conozco; ni pudo ser escrito el Diálogo hasta el Abril de 1534, en que se publicó la traducción de Boscán, ni después de Octubre de 1536, en que murió en Niza aquel gran poeta, por la herida que recibió en el heroico asalto de la fortaleza de Frejus. Los atinados razonamientos de D. Fermín Caballero y de los Sres. Fabié y Menéndez Pelayo (I) apoyan y autorizan esta afirmación. Pero no debemos callar aquí que el Rdo. P. Miguel Mir, en su Discurso de recepción en la Academia Española, dice que el Diálogo de la Lengua fué escrito por los años de 1540, fecha que se funda, al decir de tan insigne maestro (aunque no lo consigna en dicho Discurso), en ciertas referencias que se hacen sobre los sucesos políticos de aquel tiempo, tan menudamente conocidos por el sabio jesuita, merced al estudio y publicación que, juntamente con otros religiosos de la Compañía, ha llevado a cabo de las Cartas de San Ignacio. Podrá objetarse la fecha de la muerte de Garcilaso; pero ¿no podría ser por ventura esa referencia ficción del diálogo o deseo de consagrar el autor un recuerdo a su ilustre amigo?


I: Caballero y Menéndez Pelayo, en los libros citados, y D. Antonio María Fabié en el prólogo de su edición de Los cuatro libros del Cortesano, compuestos en italiano por el Conde Baltasar Castellón, y traducidos en su lengua por Boscán: Madrid. M. Rivadeneyra, 1873. Es el tercer volumen de los Libros de antaño: 8.°, LXIX-581 págs.
2: Menéndez y Pelayo, Hist. de los heterod. t. II, pág. 173.

Nació el Diálogo de la lengua de reales y verdaderas conversaciones tenidas por Valdés con amigos suyos, españoles e italianos, en su quinta de la ribera de Chiaja, en donde todos los domingos reuníanse durante la mañana a leer la Biblia o a discurrir sobre puntos de religión, consagrando la tarde, después de comer, a departir sobre asuntos literarios o de amena erudición. Allí se tuvo, pues, el coloquio que en esta preciosa obra castellana se contiene; y sólo así, a la vista de aquel golfo en donde descuellan por un lado Capri y Bayas, y por otro Ischia y Prócida, como blancas gaviotas meciéndose sobre la azulada superficie de aquel poético mar; en donde los mil aromas del campo,
siempre florido, embriagan los sentidos, y en donde aquel cielo con su incomparable hermosura y sus vivísimos tonos sonríe al alma, puede concebirse que se compusiera un libro que, teniendo por asunto el árido estudio de la Gramática y de otras cuestiones filológicas, resultase tan ameno, tan interesante y tan simpático, aun para aquéllos que no sientan inclinaciones a tales enseñanzas.
Bien es verdad que era el autor, como dice muy bien un ilustre académico (2), un hombre de mundo y de corte, y no un filólogo paciente, pues entonces no había otra filología que la que nace del buen gusto individual y del estudio y comparación de las lenguas clásicas, las cuales poseía a maravilla
nuestro autor.

Cuatro son los interlocutores del Diálogo: Marcio, que no es Marco Antonio Flaminio, ilustre poeta de ímola; ni Marcio Martirano, editor de las obras póstumas del Obispo Coriolano, sino Marco Antonio Magno, apoderado de la Duquesa de Trajetto, a quien dedicó la versión italiana que
cuatro años más tarde hizo del Alfabeto Cristiano de Valdés; Coriolano, compatriota del anterior, no debe ser confundido con el Obispo de San Marcos de Calabria, ilustre grecizante: tal interlocutor es, a no dudarlo, Coriolano Martirano, Secretario del Virrey D. Pedro de Toledo; un soldado español,
que primeramente se llama Pacheco y luego Torres por corrección del autor, no puede ser en modo alguno Bartolomé de Torres Naharro, como llegó a suponer D. Adolfo de Castro, por haberse publicado en Nápoles, año 1517, su Propaladia, supuesto que el dramático extremeño ni era militar ni poco latino, como aparece en el Diálogo, en donde, para mayor prueba de lo que decimos, se
habla del estilo que usó Torres Naharro en la citada obra. Completa, por último, el número de los interlocutores el mismo Juan de Valdés, de quien los demás solicitan su opinión y consejo.

Reunidos después que hubieron comido los cuatro amigos en la poética quinta del último, dice Marcio, siendo a la vez intérprete de los demás, a Valdés: Pues los mozos son idos a comer, i nos han dejado solos; antes que venga alguno que nos estorbe, tornemos a hablar en lo que comencé a deciros esta mañana... Bien os debéis acordar como al tiempo, que, agora dos años, partistes desta tierra para Roma, nos prometistes a todos tres, que conservariades y entreterniades nuestra amistad. como habéis hecho con vuestras cartas. Agora sabed que después de vos ido, nosotros nos concertamos desta manera: que cualquiera de nosotros que recibiera carta vuestra, la comunicase con los otros; y esto habemos hecho siempre así: y habemos tomado en ello mucho pasatiempo; porque con la lición refrescábamos en nuestros ánimos la memoria del amigo ausente, y con los chistes y donaires de que continuamente vuestras cartas venían adornadas, teníamos de reír y con que holgar, y notando con atención los primores y delicadeza que guardábades y usábades en vuestro escribir castellano, teníamos sobre que hablar y contender, porque el Sr. Pacheco como hombre nacido y criado en España, presumiendo saber la lengua tan bien como otro, y yo como curioso della, deseando saberla así bien escribir como la sé hablar, y el Sr. Coriolano, como buen cortesano, queriendo del todo entenderla (porque, como veis, ya en Italia asi entre damas como entre caballeros, se tiene por gentileza y galanía saber hablar castellano), siempre hallábamos algo que notar en vuestras cartas, así en lo que pertenecía a la ortografía, como a los vocablos, como al estilo: y acontecía que como llegábamos a topar algunas cosas, que no habíamos visto usar a otros,
a los cuales teníamos por tan bien hablados, y bien entendidos en la lengua castellana, cuanto a vos muchas veces, veníamos a contender reciamente: cuando sobre unas cosas, y cuando sobre otras, porque cada uno de nosotros, o quería ser maestro, o no quería ser discípulo. Agora que os tenemos
aquí, a donde nos podéis dar razón de lo que pues así habemos notado en vuestra manera de escribir, espedimos por merced. nos satisfagáis buenamente en lo que os demandaremos...

Trata de excusarse Valdés con gentiles y amables palabras, diciendo que por haber aprendido la lengua castellana, no en libros, sino por el uso común de hablar, juzga fuera de propósito que le quieran demandar cuenta de lo que está fuera de toda cuenta, y que además es perder el tiempo hablar en una cosa tan baja e plebeya como es punticos y primorcicos de lengua vulgar y en otras niñerías de la lengua.

Un donairoso discreteo sigue manteniendo la conversación en sus comienzos, en los que también se hace resaltar la excelencia de la lengua castellana, hasta que, vencido el ánimo de Valdés, promete éste contestar a cuanto le pregunten sus amigos. Pónense éstos de acuerdo y convienen en preguntarle:
En la primera parte, lo que sabe del origen o principio que han tenido, así la lengua castellana como las otras lenguas que hoy se hablan en España. En la segunda, lo que pertenece a la Gramática. En la tercera, lo que le habemos notado en el escribir unas letras más que otras. En la cuarta, la causa que lo mueve a poner o quitar, en algunos vocablos, una sílaba. En la quinta, le pediremos nos diga por qué no usa de muchos vocablos que usan otros. En la sexta, le rogaremos nos avise de los primores que guarda cuanto al estilo. En la séptima, le demandaremos su parecer acerca de los libros que están escritos en castellano. Al último, haremos que nos diga su opinión sobre cuál lengua tiene por más uniforme a la latina, la castellana o la toscana. De manera que lo
primero será del origen de la lengua. Lo segundo de la Gramática. Lo tercero de las letras a donde entra la ortografía. Lo cuarto de las sílabas. Lo quinto de los vocablos. Lo sexto del estilo. Lo séptimo de los libros. Lo último de la conformidad de las lenguas.

No es de nuestro propósito exponer y juzgar aquí cada una de estas partes del Diálogo de la lengua. De algunas hablaremos en el correspondiente lugar de esta obra. De otras, y de los principios que en ellas se mantienen, hablaríamos de buen grado; pero sólo mencionaremos aquel pasaje en que se recomienda la sencillez y claridad del estilo, cuando con las menos palabras se dice lo que se piensa y de tal suerte que no se puede quitar ninguna sin ofender a la sentencia o al encarecimiento o a la elegancia, sustentando así una admirable teoría, condensada en un solo pensamiento; y aquel otro en que, con singular donosura y aguda crítica, presenta Valdés las autoridades de la lengua, o sean los libros en que debe ejercitarse el que quiera aprenderla, entre cuyos autores descuellan los poetas del Cancionero, Garci Sánchez de Badajoz, el Bachiller La Torre, Guevara, el Marqués de Astorga y, sobre todos, Jorge Manrique, Juan de Mena, Juan del Encina con su
Farsa de Plácida y de Vitoriano, que compuso en Roma; los traductores Fr. Alberto de Aguayo y el Arcediano del Alcor, Alfonso Fernández; Diego de San Pedro y los textos de los romances viejos y de la Celestina, que es el libro castellano donde la lengua está más natural, propia y elegante.

La lengua primitiva de España, según este autor, más que la vizcaína, era así griega en su mayor y principal parte, como después fué latina, lo cual apoya Valdés en dos razones: una, en que los historiadores dicen que los que más platicaron en España fueron los griegos, así con armas como con contrataciones; otra, en que los vocablos castellanos que no son latinos ni arábigos, son griegos. Ejemplos:
apeldar, por huir; cadira, por silla (cátedra); fantasía, por presunción; gazafatón, por cosa mal dicha; malatia, por enfermedad; zillero, por el lugar donde ponen la harina; y las voces de uso corriente: azomar, artesa, abrasar, barrio, brasa, cañada, cara, carátula, chimenea, glotón, masa, mes, mozo, tragar, tragón, tramar, truhán, pinjiado. zelemín, zisne.

La lengua latina (escribe el ilustre conquense), desterró en España a la griega, y fué la que se habló con los residuos que de ésta quedaron, hasta la venida de los Godos, los cuales no hicieron desaparecer el latín, sino que le corrompieron más con nuevas exóticas palabras.
Esta lengua latina, así mezclada y corrompida, duró por toda España, según el autor, hasta el año 719 (sic), en que vinieron los moros, cuyo idioma empezó a hablarse, excepto en Asturias, Vizcaya, Lepuzca y algunos lugares fuertes de Aragón y Cataluña que no pudieron ser sojuzgados.

Hasta la conquista de Granada, dice Valdés, no pudieron tanto conservar los españoles la pureza de su lengua, que no se mezclase con ella mucho de la arábiga; y de los vocablos que dejaron, añade, el uso hacía tener por mejores que los latinos algunos de ellos, diciéndose
alhombra, mejor que tapete; alcreuite (alcrebite), que piedra zufre; azeite, que olio.

Muchas voces nuestras que empiezan por un al, que los moros tienen por artículo, afirma Valdés que rotundamente pueden considerarse como árabes, de la misma manera que las que principian por az, col, cha, chi, cho, chu, gua, ha, xa, za, y hasta por en, h, x o y; y cita las siguientes:

Almaizar, Almirés, Almohada, Alhombra, Almohaza, Alhareme, Azaguán, Azair, Azagaya, colcha, colgajo, cohecho, chapín, chinela, choza, chueca, haxa, haragán, harón, Guadalherza, Guadalquivir, guadamecil, Guadarrama, xaquima, xerga, zaherir, zaquizamí, zafio, enhelgado, enhaziado, endechas.

Pero con todos estos embarazos, i con todas estas mezclas, todavía la lengua latina es el principal fundamento de la castellana, de tal manera que si se afirmara que el origen de la lengua castellana es la latina, se diría la verdad, y todo lo que dicho queda sería excusado.

Alguna voz ha añadido el hebreo a nuestro idioma, dice Valdés, como
Abad, (N. E. Ver Abun de Bashmayo en arameode donde viene Abadesa, Abadía y Abadengo; saco por costal o talega, que también lo ha tomado el castellano de la lengua santa, como casi todas las otras lenguas que han sucedido a ésta.

Los vocablos que tienen f en latín llevan h en castellano: fava, haba.

En muchas partes de Castilla la s latina se convierte ea x: sastre, xastre; y la c latina en y: faciunt, hazen. (facen en castellano anterior)

Si Antonio de Nebrija, dice bien un escritor ilustre, no hubiera escrito antes su Gramática, Ortografía y Vocabulario, habría de concederse a Juan de Valdés el título de fundador de la filología castellana; pues él fué el primero que se ocupó en los orígenes de nuestra habla; el primero que la escribió con tanto amor y aliño como una lengua clásica; el que intentó fijar los cánones de la etimología y del uso, poner reparo a la anarquía ortográfica, aquilatar los primores de construcción y buscarlos en la lengua viva del pueblo, sin desdeñar los refranes que dicen las viejas tras el fuego y que había recogido el Marqués de Santillana (I).

I: Menéndez y Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, tomo II, pág. 169.

Continúa editado en la biblioteca histórica