lunes, 13 de julio de 2020

CAPÍTULO XLIII.


CAPÍTULO XLIII.

De la erección del título de conde de Barcelona, de Urgel, vizconde (pone vizonde) de Ager y otros.

El primer conde de Barcelona fue Bara: este tomó el gobierno el año 805 y gobernó hasta el de 826 que fue privado del gobierno. Ludovico Pío, hijo de Carlo Magno, rey de Francia y sucesor suyo, que murió el año 815, nombró a Bernardo, cuyos merecimientos de conde de Barcelona lo promovieron a camarero (camerlengo, camarlengo) de Ludovico, que, en su lugar, nombró a Vifredo, que por otro nombre es llamado Guifre, Jofreo Godofre (el velloso, lo pelut, Gottfried, Godofredo). Este era catalán de nación y descendía de gran linaje. Su padre se llamó Jofreo Guifre, era señor del castillo de Ria o Arriaen Rosellón, fue prefecto de Barcelona, y casó con Almira, prima de Carlo Magno. Este Jofre era hijo de Guifre de Neustria, que casó con una hija o hermana de Texalion, duque de Baviera (Bayern).
Este Jofre fue hijo de Carlos Martel, padre de Pepino, rey de Francia.
Almira, madre de Guifre y muger de Jofre, señor del castillo de Ría, era hija de Laudunda, cuyo marido ignoro, por no haber llegado a mi noticia. Esta Laudunda era hija de Carlos Martel, así que los padres de nuestros condes eran primos hermanos. Gobernó el condado con mucha paz y prudencia hasta el año 858, en que murió. Este fue el primero de los condes de Barcelona, que dio principio a aquella ilustrísima casa y descendencia de la cual se precian tener sangre los mayores reyes y príncipes del mundo.

Asímismo por estos tiempos tuvieron principio los condes de Urgel. Este condado en estos tiempos no era hereditario, sino que el rey de Francia lo daba o encomendaba a un caballero, que era como hacerle gobernador de él por vida; y muerto o promovido a cargos mayores, el rey nombraba a otro. El primero que hallamos en historia fue Armengol de Moncada, de quien diré después, y el segundo un caballero llamado Seniofredo que no lo tuvieron hereditario, sino de por vida.
De los Vizcondes de Ager no hallo su principio hasta años adelante, como veremos en su lugar.
Es opinión de algunos, que como cosa asentada la defienden, haber Carlo Magno erigido en Cataluña nueve condados, nueve vizcondados, nueve noblías y nueve varvesorías, y novecientas casas de caballeros, dividiendo la tierra de Cataluña en nueve partes o regiones, y dando a cada uno de ellas un conde, un vizconde, un noble y un varvesor; y esto con intento de no haber de erigir cada día títulos y que se contentaran los que le servían con los erigidos, como lo hizo en Aquitania, donde, después de haber conquistado aquella provincia el rey Pepino, su padre, erigió Carlos en ella nueve condados, dándoles a otros tantos caballeros que quería honrar y hacer merced, y esto en honra de los nueve coros de ángeles, con cuyo favor y amparo prometía buen suceso a todas sus empresas. Ya confiesan los que son de esta opinión, que entonces no estaba Cataluña ni aún la mitad de ella en poder de cristianos, ni aún lo estuvo de muchos años después; pero lo hizo para cuando lo estuviese. Sucedió a los tales a quien dio estos títulos como a muchos obispos, arzobispos y aún primados, que toman el título de las tierras que no solo están en poder de infieles y aún sería muy dificultoso de conquistarlas, pero, lo que más es, que son tierras que nunca se lee haya habido en ellas prelados, y a los tales obispos llaman de anillo, porque tienen todo lo que los demás obispos, salvo que no tienen esposa ni ovejas; mas si aconteciese reducirse a la fé católica las tales tierras, serían suyas; y en estas cosas las más veces se precia más el honor que del tal título se recibe, que no lo que podrían rentar en caso que viniesen a poseer los pueblos o lugares de donde él se toma; pero dejada aparte la opinión de estos novenarios títulos para aquellos a quien agradare, trataré de los dos títulos de conde de Urgel y vizconde de Ager, que son el asunto de este libro.

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