jueves, 14 de noviembre de 2019

JAIME I CASTIGA A SU TROVADOR


158. JAIME I CASTIGA A SU TROVADOR (SIGLO XIII. PERPIGNAN)

En cierta ocasión, se encontraba el rey don Jaime I el Conquistador en Perpignan, rodeado, naturalmente, de todo su numeroso séquito: obispos, condes, barones, notarios, escribanos, camarlengos, pajes, etc. Entre los acompañantes, se encontraba también su trovador.

Salió a pasear el poeta y músico por los alrededores de la ciudad, pasando cerca de una alfarería, de cuyo interior salía la voz de un hombre que entonaba, no muy bien por cierto, una de las baladas preferidas e interpretadas por el trovador. Era el ceramista quien, sentado ante el torno, modelaba una vasija.

Entró el trovador en el alfar y, sin mediar palabra, rompió todas las piezas de barro que el alfarerotenía expuestas al sol. Luego, sin mirarle siquiera ni mediar palabra, se marchó. 

Cuando el dueño del alfar quiso reaccionar, se encontró con el trabajo de muchos días hecho añicos y, lo que es peor todavía, prácticamente arruinado.

Preguntando aquí y allá, supo el alfarero que el causante de su desgracia formaba parte del séquito real como trovador, y se dirigió a palacio para hablar con él, pero éste, en lugar de excusarse y resarcirle por el daño causado, todavía se encolerizó más, diciéndole que, con su mala voz y todavía peor entonación, había desvirtuado y destrozado su melodía, y que no había hecho sino devolverle la misma moneda.

Los gritos airados del sorprendido y vapuleado ceramista llegaron a oídos del rey que quiso saber el porqué de tales lamentos. Con todo respeto, contó aquél al monarca lo sucedido solicitándole justicia, y el rey, entendiendo lo justo de la petición, obligó a su trovador a indemnizarle.

Luego, una vez reparado el daño material a satisfacción del ceramista, Jaime I despachó de la corte al violento trovador pues, como manifestó a quienes le rodeaban en aquel momento, no podía consentir acoger en su séquito a servidores tan pagados de sí mismos y tan avaros de sus obras como para que no las pudieran disfrutar sus súbditos, máxime cuando el poeta cantorhabía sido pagado con fondos del erario público.

[Del Ter, Armando, «Recopilación de leyendas especialmente de la Alta Montaña (I y II)», Folletón delAltoaragón, 91 y 92 (1983), II, pág. 13.]

JAIME I CASTIGA A SU TROVADOR (SIGLO XIII. PERPIGNAN)



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